Gijón, 11 de septiembre de 2006
No se si lo que va a salir va a ser un simple diario de viaje o servirá para algo más y que la gente lo lea. De momento, me pongo a ello ahora que el finde está fresco y a ver lo que sale.
Bueno, de momento decir que salimos de Gijón, el día de la Santina (fiesta oficial del Principado, viernes, 8 de septiembre) a las 10,45 horas aproximadamente, con el objetivo de llegar ese día a dormir a Lois, Castropol, a un alojamiento rural al que luego me referiré. Con todo el día por delante y nada más que hacer que recorrer ruta, buscamos un itinerario que nos entretuviera lo suficiente, pero sin pasarnos, con la idea de llegar no más allá de las 7 u 8 de la tarde. Con esta premisa tomamos la antigua carretera de Avilés con un tiempo agradable en cuanto a lo despejado, pero demasiado caluroso para llevar el correspondiente traje de romano-motero, desviándonos a la altura de Trasona para coger la comarcal AS-233 en dirección a Trubia por el alto del Escamplero, carreterita estrecha que recorre la campiña típica asturiana, con sus curvas y poco tráfico, ideal para recorrerla de forma apacible.
Poco antes de llegar a Trubia, nos desviamos por la N-634 en dirección Cadavedo, donde encontramos algo más de tráfico pero que disfrutamos también por su buen firme y variedad de trazado. El día se presentaba magnífico, brumoso y con calorcillo, con esa luz típica de finales de verano que parece que va anunciando el cambio y que a mí, particularmente, me encanta. Animosos por el fin de semana que comenzaba dejamos atrás Grado, la conocida villa Moscona con un interesante casco antiguo que visitar (palacio de Miranda, de Fontela, Capilla de los Dolores, etc.) como corresponde a su noble y aristocrático pasado (una de las Polas fundadas exnovo por Alfonso) y Cornellana, importante pueblo salmonero a orillas del Nancea, punto de paso del Camino de Santiago donde se encuentra otra muestra importante de arquitectura religiosa: el Monasterio de San Salvador de Cornellana, fundado en el siglo XI por la Infanta Cristina, hija de Bermudo II de León.
Seguimos sin detenernos por esta vez por la misma N-634 hasta Salas, donde tras unos cuantos Km. por carreteras reviradas y hora y media de trayecto decidimos detenernos a tomar un aperitivo y estirar algo las piernas en una terracina de la calle principal. Para quien no lo conozca es una parada obligada por el encanto de su conjunto medievo-renacentista, bastante bien conservado. La Torre Medieval, la Colegiata de Santa María la Mayor, el Palacio de los Valdés-Salas, la Iglesia de San Martín, y todo el conjunto arquitectónico de su casco urbano, hacen de esta villa un lugar muy agradable para hacer un alto.
Sin tomar los famosos Carajitos del Profesor (deliciosa especie de galleta que se hace con avellana) pues era hora de cañita más que de café, continuamos ruta hasta la Espina para coger allí la As-216 en dirección a Tineo y Cangas del Narcea. Carretera motera “pa quemaos” donde la haya, curiosamente no pillamos a nadie en este tramo que se suele utilizar por muchos para quemar goma debido al trazado revirado y el magnífico firme, amén del poco tráfico.
Llegamos al fondo del valle por donde discurre el Narcea con un calor de cien pares y la idea de tomar la desviación en el Puente del Infierno (se llamará así por la temperatura?) hacia Pola de Allande por la As-14 parando a comer en el pueblo de Linares, pocos Km. más allá en un lugar que desconocíamos pero del que nos habían hablado. Localizamos el dichoso barucho en cuestión (si no te lo cuentan no se te ocurre ni parar) y nos detenemos sufriendo ya a estas alturas del día (las dos de la tarde) los rigores del calor con que obsequian en este perdido rincón del Principado. Con una temperatura que le zumbaba el mango nos metimos bajo una parra donde la cosa ya se veía de otra forma y donde “El Chino” (así se llama la “casa de comidas”) nos dijo que nos daría de comer, no sin antes advertir: “…voy matavos. Pa la próxima, hacéis el favor de avisar”. Bueno, lo cierto es que con una temperatura más soportable a la sombra del emparrado y sin las “armaduras” que llevábamos puestas, esperamos encantados, entre la sorpresa y la satisfacción que te da descubrir lugares tan pintorescos, el primero de los platos del menú fijo y sin opción, que te sirven en esta “casa de comidas”.
Los entremeses que anunciaban como entrada, eran un plato descomunal de chorizo, chosco, lacón, cecina, jamón, una especie de empanada con “detodo” y queso, plato que abordamos con más humor que ganas, no porque no hubiera hambre, sino porque detrás estaba anunciado el pote asturiano (verdura, patatas, tocino, chorizo y morcilla) y el “cabritu” con patatas. Tras comer el embutido casero y “probar” el pote, prácticamente no quedaba hueco para el cabrito, destrozando alguna tajada en el plato para que el “chino” no nos bronquease por haber dejado el plato sin usar. Tras jurar por nuestros hijos que no podíamos más, que retirasen la fuente de cordero, nos trajeron dos boles hasta arriba de requesón y de natillas que terminaron por dejarnos completamente fartucos.
¿Quién coño se pone ahora a conducir por estas carreteras de dios con esta calorina y este estómago que no cabe entre el depósito y el asiento? ¿no valdría más tirarse a la orilla del río bajo una buena sombra?
La verdad es que no fue precisamente el sentido común el que primó y nos decidimos a seguir viaje pues aún quedaba trecho y había que llegar a buena hora. Eso sí, ante los ¡58 grados al sol! que marcaba mi termómetro del salpicadero, decidimos, aunque a alguien le parezca una temeridad, circular en camiseta y dejar chupas y guantes en el baúl. La medida tuvo su recompensa ya que, a pesar de la sudada que teníamos a la hora de arrancar bajo el integral y los pantalones de cordura, la sensación de la brisa cálida sobre la piel resultó de lo más agradable lo que unido a la belleza de la carretera y a la tranquilidad del recorrido resultó todo un lujo.
La subida del puerto del Palo (mil ciento y pico metros nada más pasar Pola de Allande) resultó preciosa y como quiera que íbamos muy relajados, resultó una experiencia mototurística de primer orden. Una pena no ir escuchando música apropiada (siempre la echo de menos en estos casos).
La vista desde el puerto sobre toda la sierra del Rañadoiro y la cuenca del río Navia, muy típica de la zona, con montañonas nada escarpadas pero con valles muy profundos es magnífica y la temperatura, un poco más fresca, nos hace sentirnos especialmente a gusto en aquellas soledades.
Dejamos las cumbres peladas y redondotas de la sierra y comenzamos una bajada que nos hizo disfrutar como auténticos verderones: sucesión de curvas no muy cerradas que permiten una conducción totalmente relajada aunque no por ello menos entretenida, ya que permite mantener una velocidad casi constante sin frenazos ni brusquedades, solo el dejarse ir en un suave balanceo sin estridencias. A todo esto, el paisaje va cambiando apareciendo el prado y el bosque en lugar del la típica vegetación de matorral y monte bajo de las zonas altas.
Unos km. más abajo, llegamos al salto hidráulico de Grandas de Salime, sobre el río Navia, espectacular presa realizada hace algo más de 50 años, donde el artista asturiano Vaquero Turcios dejó una magnífica obra en los 55 m. de murales de la sala de turbinas. Vista realmente impresionante, foto y nuevamente carretera.
Al llegar a Grandas de Salime, capital del concejo, hacemos otro alto para abrevar y mitigar las exigencias que el cuerpo nos pide tras tan copiosa comida. Y lo hacemos en una terraza al lado de la Colegiata de San Salvador, iglesia parroquial edificada sobre un antiguo templo románico del siglo XII del que se conservan algunos vestigios, punto también de paso del Camino de Santiago que pasa a Galicia por el Puerto del Acebo.
Cogemos la AS-12 en dirección a Pesoz, que alcanzamos en pocos km. para tomar allí la AS-13 que nos mete de lleno en la preciosa comarca de los Oscos por una carretera que sigue sin tener ni un metro de desperdicio: maravilloso paisaje, muy diferente en algunas zonas pues ya se alternan los valles con “rasas” interiores, poco habituales en nuestra complicada topografía asturiana, buena y entretenida carretera para disfrutar conduciendo y bastante calor, que hace que sea una delicia moverse en camiseta y sin guantes.
Tras pasar las capitales de los concejos de San Martín y Villanueva de Oscos superamos el puerto de la Garganta siguiendo ruta hacia Vegadeo, última villa asturiana antes de entrar en tierras gallegas y extremo sur de la ría origen del topónimo. Bajando el puerto, la proximidad de la costa y la bruma hacen descender rápidamente la temperatura, lo que nos obliga a ponernos nuevamente las chupas. Parece mentira el cambio térmico que puede haber en tan pocos km.
Nuestra jornada viajera va tocando a su fin. Pasamos Vegadeo y Castropol sin detenernos, (lo haremos en otro momento, ya que nuestro alojamiento está muy cerca) y nos desviamos de la N-634 por una carreterita local en dirección a Figueras, encontrando nada más tomar este desvío la pequeña aldea de Lois y la “Casa Peleyón”, el alojamiento rural que habíamos reservado y el fin de nuestro viaje por hoy. Llegamos tras recorrer desde Gijón unos 260 km. a eso de las seis y media de la tarde.
El hotelito en cuestión, está instalado en el pajar de una antigua casa de labranza, originalmente restaurado, donde sus propietarios han puesto un extraordinario cuidado y mimo hasta en el último detalle de su decoración. Dispone de tan solo 6 habitaciones de las que las de la planta 1ª son especialmente atractivas. Todas ellas dan a un corredor con agradables vistas sobre la campiña de la zona.
Tiene también un salón muy amplio, muy bonito, decorado con motivos rústicos en perfecta sintonía con el estilo de su arquitectura: paredes de piedra vista, techos de madera con la estructura completamente al aire, etc.
En el exterior, dispone de una antojana y pequeño jardín, con algunos bancos y mesas donde sentarse a tomar lo que cada uno se quiera servir. Ángeles, su propietaria, te invita amablemente a disponer de lo que hay en el frigorífico de la cocina y disfrutar de la tranquilidad de este lugar.
Saltándonos las peripecias de la cena de este día, que por celebrarse la romería de Porcía, pueblín de cuatro cases muy cerca donde nos encontramos arrasa con la hostelería local y nos costó dios y ayuda encontrar donde ir (estaba casi todo cerrado en los pueblos de alrededor: Tapia, Castropol, Figueras…) descansamos a pierna suelta entre el silencio del entorno y los truenos de la mañana.
Nos levantamos con un día en el que no sabíamos si finalmente, y tras la tronada matutina, íbamos a tener carne o pescado. Pero en fin, estas cosas hay que tomarlas con calma y decidir sobre la marcha, así que bajamos a desayunar sorprendiéndonos Ángeles con un desayuno primorosamente servido con todo tipo de exquisiteces caseras: bizcochos de almendra, de nata, de chocolate, cruasanes de hojaldre, pastelitos de queso y jamón, macedonia de frutas, zumos, ….en fin, en detó,… una pasada de verdad.
Tras decidir que hacer a lo largo del día, después de cumplir con el compromiso mañanero que tenía en Luarca, y después de que unas gotas que no llegaron a empapar el suelo nos empisiaran un poco, decidimos coger la bolsa de la playa y las palas y tirar para la villa marinera. Nada más llegar, chaparrón que te crió, para dejar un cielo bastante despejado que aguantó hasta casi la noche, cántico en la iglesia parroquial (se casaba la hija del dire de la Camerata donde un servidor hace sus pinitos de barítono) y a comer a Viavélez con sol de justicia y un bochorno que caían los pajaros.
Repetición de la jugada de la noche anterior, pero esta vez no por que los restaurantes estuvieran cerrados sino porque estaban como la plaza… “abarrotaos”. Comemos al final un tentempié en un barucho de carretera y ponemos rumbo a la Playa de Barayo, entre Luarca y Navia, precioso rincón en la desembocadura del río que le da nombre, zona de marismas, espacio protegido, a la que se accede por una pista tras dejar el coche en un aparcamiento de la zona alta bien organizado.
Siesta, palas y baño en esta tranquilísima playa donde convive lo nudista con el textil, de arena gris pero fina, con el encanto de ser un paraje protegido y sin acceso rodado.
Paseos hasta la desembocadura del río, situada en el extremo occidental del arenal, a descojonarnos de los que habían pasado con marea baja por este acceso, y que con la mareona que había (era ya pleamar) hacía imposible la salida seca sin un buen chapuzón. …Y castigo de dios a estos cabroncetes que suscriben por reírse de gente inocente, cuando nos toca salir por donde vinimos y nos encontramos con la pista encharcada como consecuencia de la inundación de la marisma por la dichosa mareona. Pantalón arriba, otra vez la chancla y cachondeo general.
Muy avanzada la tarde, llegamos a la casa, nos acicalamos y arreglamos para ir de cena a Castropol, pues ya se levantó la veda del día anterior y la hostelería funcionaba normalmente. Antes de ir al restaurante dimos un voltio por esta preciosa villa, asentada en una península de la ría del Eo, de tal forma que su vista desde fuera se asemeja a un bastión rodeado de agua por todas partes, con su iglesia en la parte alta que le da un aspecto característico. Cenamos opíparamente en Casa Vicente y fuimos a la cama, relativamente temprano.
El domingo, día ya de nuestra partida, amaneció gris sin ninguna pinta de abrir, por lo que decidimos improvisar un camino alternativo de vuelta que, como en el ida, nos sirviese para conocer nuevas carreteras y a la vez, entretenernos parte del día. Así que nos despedimos de nuestra hospitalaria patrona y nos dispusimos a recorrer, en primer lugar, las playas de la zona próximas a la casa.
Visitamos, en primer lugar, la playa de Arnao, primera del litoral asturiano, situada en la desembocadura del Eo, con una marea baja espléndida, que hace que todos los gatos sean pardos ya que en esta situación, casi todas las playas parecen magníficas. Continuamos por un camino litoral que nos lleva a otra playa fantástica, la de Peñaronda, paraje dunoso, afortunadamente protegido del paso de vehículos, ideal también en marea alta.
Continuamos nuestro mini-itinerario litoral para caer, en escasísimos km., en la playa de Serantes, otra preciosa muestra de playa asilvestrada, con una variedad de zonas tremenda en marea baja, y bastante grande. Buen acceso y aparcamiento cómodo. Completamos el recorrido visitando la Playa de la Paloma y la de Tapia, ya metida prácticamente en el casco urbano, punto en el que abandonamos nuestro pequeño periplo costero para incorporarnos en la asquerosa N-634 que, menos mal, parece que tiene algo menos de tráfico a esta hora.
Siguiendo con nuestra improvisación rutera del día, dejamos esta carretera a la altura de Luarca, en el desvío que señala Almuña, tomando la AS-220, carretera de quinto orden que nos brinda una alternativa a la nacional infinitamente más lenta pero mucho más bonita y agradable para la moto. La carretera en cuestión va cogiendo altura en muy pocos km., enrevesándose cada vez más y llevándonos a parajes recónditos, a pesar de estar a corta distancia de Luarca. Parece mentira que en tan poco recorrido tenga uno la sensación de estar tan perdido.
Continuando con el agradable recorrido con que nos va obsequiando la mañana, vamos encontrando pequeñas y agradables sorpresas como las indicaciones del “Monumento Natural de las Foces del Esva” que seguimos con la intención de tratar de, sino verlas, al menos aproximarnos y reconocer un poco el entorno. Este nuevo “hilo” del que vamos tirando nos lleva a la localidad de San Pedro de Paredes, pueblo ejemplar de Asturias 2001, como reza la inscripción que figura en una placa de la plaza que nos deja completamente sorprendidos donde recalamos con la idea de hacer un alto en alguno de los bares que allí encontramos. Y ya puestos, son las dos y pico de la tarde, preguntamos que si podemos comer, a lo que amablemente nos dicen que sí, que tenemos fabada o pote asturiano de primero, carne asada o lacón, de segundo y postre. Pues ya puestos, nos animamos a ello y de paso aprovechamos para ver la carrera de Alonso que acaba de salir.
Preguntamos sobre los distintos itinerarios prometedores que se pueden hacer a pie desde el pueblo y nos explican el del dolmen y el de las foces, paseos que deberemos dejar para otro día porque requieren tiempo pero sobre los que hacemos propósito de volver: hasta tal punto nos ha sorprendido la belleza del entorno.
Después de probar la fabada, el pote, la carne asada y el lacón, además de unas deliciosas natillas que había “pa de postre”, y acto seguido de ver desilusionados como Shumacher le merendaba de un plumazo nada menos que 10 puntos a Fernando Alonso, decidimos, hoy sí, ir hasta la ribera del río y echar una siestecita, porque los estómagos ya no dan más de sí después de esta especie de maratón gastronómica que nos está saliendo sin querer. Nos tiramos trocín de prau y con el ruido del agua quedamos traspuestos y cargamos un poco las pilas para acometer la última parte del recorrido que iniciamos a eso de las cuatro y cuarto, más o menos.
Desandamos los pocos km. que tuvimos que desviarnos para llegar a Paredes (San Pedro) y seguimos ruta, tomando en el cruce la AS-221, carretera de tónica similar a la anterior. Estrecha, de frondosa vegetación y con cantidad de curvas, nos va llevando arriba y abajo sin descanso haciendo que empiecen a pesar, no tanto los km. recorridos, que no son muchos, como las horas que llevamos subiendo y bajando de la moto. Cortamos la N-632 y continuamos por la AS-222 que nos lleva a San Martín de Luiña, donde cogemos nuevamente la N-634, cerca de Cudillero. Nos encontramos otra vez con el tráfico dominguero de la gente que, como nosotros, regresa tras el largo fin de semana. Retenciones en Soto del Barco, para variar, y llegada dos horas y cuarto después de la siesta, sanos, salvos y satisfechos pero, yo al menos, muy muy cansado.
Bien, la moraleja de esta crónica podría ser, sencillamente, la cantidad de posibilidades que un viaje en moto, aunque sea relativamente cerca (al final hicimos poco más de 600 km.), te puede proporcionar, y sobre todo, lo que un país tan variado como el nuestro nos puede brindar para recorrerlo de una manera un tanto improvisada. No digo que esto sea el paraíso de los motoviajeros, pero si que es verdad que nuestra variedad y cantidad de paisajes, carreteras tranquilas, nuestra cocina y los hotelitos rurales que están proliferando por doquier lo aproximan bastante al territorio ideal del turismo en moto.
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